Desde que tuve esas tres horas con mi amante ocasional mi cabeza no deja de
pensar en aquello que pasó; sus manos y sus besos, el sabor de su piel. Le
volvería a ver pero no quiero eso, no quiero engancharme a él ni a nadie por
eso decidí olvidar, pero ¿cómo olvidar? ¿Cómo?
Pues echando tierra al asunto. Y a otra cosa.
Anoche Paco estaba cariñoso. Yo, le miraba pensando en el
otro y empezó a entrarme morbo, sí, un morbo tremendo pero tengo resentimiento,
no olvido lo que ha hecho, más aun porque sigue haciéndolo.
Sin embargo me sentía muy sexi y deseada y pensé; Sólo es sexo, hazlo,
demuéstrale lo que vales, que sabes hacer todo y más y que la culpa de no
hacerlo ha sido sólo de él, que se montaba como Sioux sobre mi sin más
decoro. Que se olvidó de atender la hembra que tiene y la cambió por una
frutera, sí, eso es; frutera, rubia-furcia de bote sin caderas, chata de
andares, y más fea que un lamento.
Pero quizás esa mujer le mete el dedo en el culo, o le pega, o lo viste de
sirvienta, ¡yo qué sé!
Comencé a hacerle cosas que nunca le hice. Me miraba sospechosamente, le di
bocaditos en los pezones y chillaba de placer, me aproveché y le di uno más
fuerte de lo normal;
-¡Ah!, ¡Ostras que me
haces daño! Mari no seas bruta!
Me reía para mis adentros, ¡pero qué satisfecha estaba!
Entonces seguí, lo tenía en mi poder pero todo se lo hacía con rabia, no
podía soportarlo, reconozco que aun no.
Fue un sexo fuerte, nada de caricias, nada de amor. Cerré los ojos y pensé
en aquel hombre, en como lamía mi sexo contra la pared, en sus embestidas, en
lo que disfruté, en la princesa que me hizo sentir en esas tres horas.
Después vino lo peor. Se podía haber callado estaba todo bien así, pero
tuvo que decir;
- Sabes que te quiero, ¿verdad?, ¿Lo sabes?...
Lo miré de soslayo y le contesté;
- Y yo a ti,... amor.
Y me fui a ducharme, a llorar a escondidas mientras me caía el agua y
limpiaba sus manos y mis pensamientos; el agua que arrastraba mi tristeza.
Sentí las manos del hombre de Badalona, las recordé mezcladas con las mías, me
aferré entrelazando mis dedos con los suyos; hubiera deseado en ese momento que tirando de mi como un ángel me sacara de allí; de la ducha, de la casa, de
mi dolor, mi prisión, mi castigo.
Me puse el camisón como cada noche y me metí en la cama con mi enemigo. Así
lo sentía. Le di la espalda y me abrazó; esto me hizo llorar de nuevo, me hizo
recordar lo que estaba haciendo de mi, pero no consentí que notara lo más mínimo
que volvía a hacerme daño.
No. Ya no más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario